Selección de Poemas
"Un
Tiempo Escondido"
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Morfina
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Grabación en MP3 Carmen Feito Maeso
Como una viajera interplanetaria
que no comprendía los gestos de alegría
o de enojo,
así eras tú.
Con tus ojos mágicos y extraños
me veías llorar y golpear la tierra,
me veías rechinar los dientes,
en momentos raspados por higueras
que tirarían sus hojas en noviembre.
Mirabas el peso de la noche
cayendo lentamente
sobre mí,
aplastando mi cuerpo
sobre un pasto de voces y suspiros
que mi sangre teñía
gradualmente...
de gris.
Después,
el aire se impregnó con cenizas humeantes,
con ruidos de turbinas,
y cantos de pájaros distantes,
y te alejaste...
dejándome entre el aire ionizado,
sufriendo la tensión y ambigüedad
que provoca desorden
y provoca desastre.
Me dejaste flotando en cotidianas preocupaciones,
amando tu rostro joven
y el desamor de tu medianoche.
En algún lugar te acordaste de mí
porque llamaste para decirme:
“Voy camino al astro zahorí
en mi nave de ausencia;
rodeada por madrugadas secas,
heridas por un ruido automotriz.
Espera mi regreso
en un día cargado con botones de azahar
henchidos de perfume
y dispuestos a reventar.”
Yo te escuché,
aguijoneado por el ahogo febril,
contemplando largas páginas
que había por escribir.
Tal vez cuando regreses
tu apariencia y expresión sean más delgadas,
casi imposibles de leer.
Posiblemente seas una canasta
llena de alaridos salvajes,
un laberinto de funciones desconocidas,
un ruido que mendiga al aire
sonando inútilmente su cascabel.
Pero me intrigarán igual
tus dedos temblorosos,
tus miedos, tus desdenes...
y el inmenso misterio extraterrestre
de tu ser.
Grabación en MP3 Carmen Feito Maeso
Las tragedias anclaron en un lago de sueños
que bordean los arbustos donde duermen los pájaros,
nosotros lo supimos en un rincón del tiempo
oloroso a jazmines y a maderas de sándalo.
Yo busqué las estrellas fugaces en la noche
para colgar deseos entre sus caudas blancas,
y en esa intransigencia que ya bien me conoces...
brillaba aún tu luz, inmarcesible y alta.
Después, como si el mundo se hubiese trastornado,
te hundiste en la borrasca de sombra prematura,
la metáfora herida no tuvo ya un halago
capaz de renovar tu infinita ternura.
Vibraba en nuestra carne la música del viento
con el ritmo pausado de metrópoli triste,
nuestro amor era un nido completamente ajeno
a todo lo que vive y a lo que ya no existe.
La niebla del camino se disipó, y con ella
se evaporó el encanto del hada refulgente;
se fueron los gorriones felices de mi fecha
y un mundo de nostalgias cayó sobre mi fuente.
Te busqué sobre el árbol de savia dolorida
y en la estrella gigante que sirve a Dios de trono;
pero ya te habías ido por la sombra, y aprisa
en el aire emergía el vaho de tu abandono.
Grabación en MP3 Carmen Feito Maeso
¿De qué tierra vinieron estos músicos tristes,
con voces incisivas y ojos de lunas frías?
Su música tortura corazones felices
y hace llorar imágenes de mármol y de arcilla.
¿Qué nefario artesano les dio esos instrumentos
henchidos de quejidos e inmensas agonías?
Al oírlos, recuerdo las cosas que están lejos
y solitarias noches en cabañas vacías.
Todas las tardes llegan a esta posada lúgubre,
sus lenguas, cual flamas de inquietos candelabros;
hablan con el sigilo, de una monja que encubre
de un amor juvenil los pasados milagros.
¿De dónde sacan ellos el sentimiento amargo
que impregnan en sus voces al emitir sus cantos?
¿Es que sienten más hondo, más profundo y más claro
o es que tienen un timbre más perfecto y exacto?
Su música pausada gotea en la penumbra
y ataja los destellos en todas las miradas.
El daño de otro tiempo todo el espacio inunda
y en un rincón del mundo ¡Lloran todas las almas!
MORFINA
A todo renuncié por ser tu amigo
cuando eras flor de luz y de sorpresa;
mi confesión, tal vez no te interesa,
yo, de todas maneras te la digo.
Tu sinfonía de nardos y castigo,
mi piel rasgada en el dolor, no besa,
y como blanca nube hoy atraviesa
mi sueño y las espigas de mi trigo.
Hoy la sangre me fluye quedamente...
tal parece que edito mi agonía
en el rosado mármol de tu frente.
Espero, la aflicción de mi elegía
con el acento de su voz doliente
no empañe los fulgores de tu día.DESAPEGO
Es la estepa sin luz lo que me aterra,
es la pesada tundra y el pecado
que yo no he cometido y he pagado
en esta lengua inhóspita de tierra.
Es el sollozo triste que se aferra
con lágrimas de piano enajenado,
es el haber perdido lo ganado
en la atrición de inexplicable guerra.
Es ver que ya no salta de improviso,
ondeante, la corriente de tu río
sobre este pétreo lecho a ti sumiso.
Es contemplar tu inmenso desvarío
adherido cual musgo en otro friso
que desgraciadamente no es el mío.
Grabación en MP3 por María Eugenia
Ya no quisiera cantar
porque mi voz ha dejado
un rastro de sombra negra
en el blancor de tu paño.
Por ti me volví poeta,
por ti recorrió sonámbulo
y en total desequilibrio
el trote de mi caballo.
Aquella luz mañanera
que se despertó llorando
sobre encendidos claveles
y delicados geranios;
era tu rostro, y el brillo
de las alas de tus pájaros
batiéndose en maceteros
de rojo y blanco pintados.
Hoy es historia pasada
de algo que vivió en mis campos,
de algo que vibró en mis cuerdas
al soplar vientos helados.
Ya no quisiera cantar,
los mástiles de mis barcos
no pasearán sobre el verde
de tus inmensos océanos.
Mis peregrinos tampoco
harán caso a los badajos
que pegan sobre los bronces
de tus campanarios altos.
La luz de mi plenilunio
al caer sobre tus lagos
ignorará los rumores
del ruiseñor y sus cantos.
Aspirarás la fragancia
en las flores de amaranto,
y al entrecerrar los ojos
comprenderás que te falto.
En tus pétalos rosados,
por lluvias ¡Ajados tanto!
Se reflejará el recuerdo
de mi evidente quebranto,
y dirás: -Ferviente amigo
¡Ven a mí, te estoy llamando!
Hoy los pies de mi memoria
quieren de tu césped blando.
¡Ven a mí, ferviente amigo!
¡Ven a mí, te estoy llamando!
Quiero desandar caminos
que hoy estaba recordando-.
Yo estaré lanzando redes
en relinchos de caballos,
con escalofríos inmensos
y los ojos extasiados.
Yo estaré soñando yeguas
de respiros agitados,
sufriendo de blancas lunas
los enfermos rayos claros.
El martirio de tu ausencia
traeará un sabor amargo;
y el brillo de tu memoria
como un astro ya apagado
no perturbará jamás
mi ser desequilibrado.
Grabación en MP3 Carmen Feito Maeso
¿Y tu región? ¿Y tu región de lunas empolvadas
en pueblos sin auxilio,
descansará en la hondura
de Un Tiempo Escondido?
¿Y tu estrella? ¡Tu estrella de olvidos y desdenes!
Tu estrella barbada por hielo de abandonos,
llena de emblemas y de ensueños largos
¿Mascullará lo amargo de un pasado glorioso?
Con tu exiguo tesoro de madrugadas frías;
buscando eternamente lo esperado,
soñando que vas montaña arriba
¡Y cayendo en la ruina del barranco!
Irás cansada de mirar letreros
que viajan por el aire,
cansada de bailar al ritmo
de tus propios delirios;
débiles y flexibles como los viejos naipes.
Estarás recostada en las auroras
con la esterilidad orgánica que entiende
sólo un mar desarticulado
de poleas sin oficio,
de poleas que giran suspirantes
en un clamor de entrañas... fugitivo.
Mi corazón de cascabel,
vibrando secamente en el desierto;
¡Antes retumbante
como lejanas aguas!
Oirás, y oirás en tus recuerdos,
y vendrá a tu garganta
un absurdo sollozo prolongado
como el que oye la tarde en cementerios.
Sonreirás en la amargura de los ecos
al recordar columnas primigenias
ahora convertidas
en tenues espirales.
Recordarás haberlas visto
de pie, por un larguísimo momento,
en tu bahía de barcos y almirantes.
Sentirás deseos nebulosos
de cubrir el pasado con tu pelo;
como cubrías un día los unicornios
qué neuróticos saltaban de tu espejo.
Tanto llorar a mares, en la sombra
del reseco pellejo de placentas,
gritando entre mórbidos gemidos:
¿Por qué Píndaro y Homero no regresan?
¡Cae en la noche de impiedad vacía!
¡Cae en la noche para estar conmigo!
Derruida silueta,
con introitos de luz
y con aves volando en el camino.
Ven a mi región de sombras y de nieblas
a temblar desesperadamente
con la testarudez que tiemblan las estrellas.
¡No me abandones hoy; estoy llorando,
y evocando la piel nevada y fría
de tu semblante blanco!
No me dejes en sótanos pestíferos
masticando la piel de los proverbios
y gimoteando estérilmente como un niño.
No dejes caer
mi ulterior prestancia entre las rosas,
no la dejes caer
sobre el enrojecido pecho
de lunas fratricidas,
no la dejes caer
en esta noche llena de rompeolas.
¡Apiádate de esta sangre,
por ti, excesivamente un día llorada!
y del líquido abismo
que corre por los ríos de mi garganta
al no tener tu sombra ni tu abrigo.
Tanto tiempo mordiendo
el seco maderamen de bajeles
después del naufragio
que tú misma provocaste
con la Generación del Veintisiete.
Tanto escuchar tu voz de antaño
en jardines y patios que se aburren
y caen de sueño y de cansancio.
Tanto mirar los besos que sin rumbo
una tarde salieron de tu boca
siguiendo a los astrólogos del mundo.
Hemos perdido todo en estos mares
donde el aire desteje rizos de oro
y escribe usando nuestra sangre.
Hemos perdido todo
en la fiabilidad de los resultados
y en la emigración de cangrejos que no acaba.
¡Hemos perdido todo!
¡Ya no nos queda nada!
Estrella de madrugadas...
Tal vez tu gallo ha muerto
intoxicado en surrealismo.
Sólo he quedado yo...
vibrando dentro de tus llagas,
vibrando dentro
de Un Tiempo Escondido.
Grabación en MP3 Carmen Feito Maeso
Debimos haber amado
cuando empezaba la siembra
en aquellos surcos de oro
a la orilla de la sierra.
Pero seguimos los pájaros
y llegamos a una aldea
donde los rapsodas tristes
contemplaban las estrellas.
Allí, tu boca fue dulce
y tu mirada fue tierna,
y tus bellos ojos claros
libres de toda sospecha.
¡Cuán quietos ahí estuvimos!
Y nuestras voces… ¡Cuán trémulas!
Aún pasaba el aguador
por el borde de la acequia,
el viento aún sacudía
suavemente las caléndulas.
Aún subían mis versos
por un aceite de almendras
y con astrales fulgores
le daban brillo a tu trenza.
Todavía por la noche
con tus manitas de cera
sujetabas los atados
a los picos de cigüeñas.
¡Y la nube crecía grande!
¡Y tu imagen crecía inmensa!
Las gaviotas se convierten
en sombra sobre la arena
cuando ya nadie las busca,
cuando nadie las recuerda.
La gracia de los pastores
se cautiva ante la hoguera
y en las plumas fulgurantes
de un gran colibrí se aleja.
Mi palabra sube al cielo
ondeando cual bandera
y tus ojos no la miran,
y en el sol ella se quema.
¿Qué sucede con las almas
cuando nadie piensa en ellas?.
LA HELADA
Por la extensión sideral
pasaron cuatro jinetes
luciendo sus vaporosos
mantos de pálido verde.
Pasaron como los soles
volando de este a oeste;
azotados por un viento
frígidamente inclemente.
Desplegaron a su paso
en el cielo divergente
brillos de auroras boreales
que al Polo Norte embellecen.
A las cuatro de la tarde
el color frío de la muerte
descendió de las entrañas
de la bóveda celeste.
En el fondo de los ríos
la creación quedó inerte
al endurecerse el agua
y paralizar los peces.
Sólo la vida encerrada
dentro de cuatro paredes
sobrevivió los flagelos
de la gélida serpiente.
Llegaron osos polares
a cuidar sus intereses,
hablaron de muchas cosas
con voces frías y ausentes.
Jugaron con naipes nuevos
al igual que los ingleses;
para después retirarse
con la pasmodia de siempre.
La gente los vio pasar,
pasar soñolientamente,
entrecerrando los ojos
y frotándose las sienes.
Hilillos de humo salieron
de los fogones ardientes,
las casas salvaron vidas
entre sus cálidos vientres.
Cuatro navajas de hielo
cayeron donde se yerguen
ojos de plumas azules
que vivirán para siempre.
Nadie supo si la tierra
al girar sobre sus ejes
un vuelco dio, repentino,
y trajo la fría muerte.
La regional creación
se perdió súbitamente
en el abrazo invernal
del insólito accidente.
Hoy la gente ve pasar
con aire convaleciente;
osos polares que lucen
piel más blanca que la nieve.
Y teme mirar llegar
al cierzo invernal, y teme
sentir de nuevo el embate
de la frígida serpiente.
LA LEYENDA DE LA PROSISTA
En el corrillo aquel
hablábamos en voz queda,
iluminados por una lámpara
de las que usó mi madre en primavera.
Desconocía yo
el ardid que se desplegaba
en interminables horas llenas de palabras.
¡Buitres apoltronados,
esperando la muerte del otoño
para rasgar su cuerpo a picotazos!
y consumirlo impíamente
en momentos de ocio;
que abanicos de techo refrescaban
con largos brazos giratorios.
Yo quería romper las ataduras
de los cielos nublados y suspiros remotos,
y exagerar el misterio de leyenda
que dejó la prosista
aquella noche de tormenta;
cuando estábamos nostálgicos
bebiendo té de hierbabuena.
No pudo ser,
el mundo estaba loco;
todos nos habíamos hospedado
en un manicomio.
De pronto; enmudecimos,
al escuchar afuera
el galope de una horda de caballos
¡Cuál si Atila viniera!
Se fue el dolor,
se fue la vida,
se fue la historia en el pañuelo de la tarde
que secaba el sudor de la prosista.